Thursday, May 1, 2014

EL COMIENZO

Desde afuera, mi vida parece perfecta. Soy jóven, tengo un excelente trabajo y mi look no es del todo desastroso. Se podría decir que soy el tipo de persona que se ha esforzado por tener una vida organizada, con un futuro bastante brillante.

Sin embargo, hace casi 8 meses que un nuevo personaje entró a mi historia, cambiando totalmente mi forma de ver las cosas. 

Todo empezó con facebook, esa bendita red social que nos permite básicamente stalkear a desconocidos y entrometernos en la vida de otros. Viendo las recomendaciones de amigos, vi una foto que me llamó la atención: un chico jóven con pelo blanco. "Por Diós, es HERMOSO. Ok, lo agrego como amigo, veremos que pasa" me dije. Pero, como todo en mi vida personal, dejé las cosas pasar, y terminé no charlando con él. Un poco desilucionado conmigo mismo seguí con mi existencia cotidiana, hasta que un día me llegó un simple: "hola". Tímido, corto y al pie. Su mensaje fue una puerta de entrada a un mar de textos y mensajes sin parar. Empezaban temprano en la mañana y terminaban tarde en la madrugada. Me encantaba hablar con este chico. Era mi droga, mi pasión, lo que me levantaba en el día y me mantenía atento al celular de forma permanente. Mis amigos, familia y conocidos se quejaban, pero a mi no me importaba. Necesitaba saber que estaba haciendo, hablar tonterías y reírme sin parar.

Luego de unos días, arreglamos para vernos. Considerando su estado de salud, coordinamos una cita bastante alejada en tiempo, que al final adelantamos. Me carcomían las ganas de verlo en persona. 

Durante la primer quincena de septiembre tuvimos nuestra primer cita. Fue extraña, imprevista y sin embargo, perfecta. Lo pasé a buscar en la camioneta de mi padre, y cuando lo vi mi corazón paró por un segundo. Fue amor a primera vista. Alto, flaco, con ese pelo blanco todo desaliñado, era todo lo que yo buscaba. Él se puso tan nervioso que se tropezó con una rama de un árbol y casi se cae, pero por suerte logró entrar al auto sin mayores problemas. 

Esa misma noche comimos pizzas, dimos vueltas, me acompañó a comprar algo no totalmente legal y esperamos en el auto. Hablamos todo el tiempo, pero durante toda la noche solo pensaba en lo perfecto que era, y en las ganas que tenía de darle un beso. ¿Me querrá besar él también? ¿Me animaré a dar el primer paso? Con el corazón en la boca, paré el coche con una tonta excusa. Pasaron unos minutos y mi corazón se apoderó de mi cuerpo. Me di media vuelta y le dí un beso. Sorpresa, él también moría de ganas de besarme. 

Fue en ese momento que dos meses de un edén comenzaron. Salidas a comer, idas al cine, paseos por la rambla. No importaba lo que hiciéramos siempre y cuando lo hiciéramos juntos. Martín y Stefano, Stefano y Martín. ¿Cuán perfecto sonaba eso?

Pero como todo, nuestro paraíso tenía una fecha de vencimiento: mi ida a Moscú. Por motivos de trabajo, tenía que mudarme a Moscú a principios de noviembre, por lo que sólo nos quedaba un mes, treinta y un días, para definir que íbamos a hacer. Yo quería seguir, quería que viniese conmigo, pero ¿Cómo decírselo? No podía ser tan egoísta de arrancarlo de sus seres queridos en Montevideo...

De a poco, el destino fue mostrando que tenía un pan maestro guardado para nosotros. Luego de una larga espera, llena de peleas, besos por internet y muchos emoticones por whatsapp, me tomé un taxi y fui a esperar a mi pequeño al aeropuerto de Domodedovo, Moscú, Rusia. 

Verlo nuevamente fue como una nueva primer cita. Mi corazón latía sin parar y mi instinto gritaba: ABRAZALO, ABRAZALO Y ESTA VEZ NO LO SUELTES NUNCA.